28 de junio de 2016

Cuento 085 – El dueño de mis manos – Para la actuación 060 Taller de bocadillos de Radioboy

UNO
Para relajarse, Yajaila Ripoll decidió pensar que sus manos pesaban cada vez menos. Es una técnica que utilizaba cada noche, pero el resultado siempre era fallido. Acababa durmiéndose casi por hartazgo. Ésta noche se concentró en la idea de dejar sus manos encerradas en una cámara hermética calculadora de masa corporal, hasta que ésta le devolviese en pantalla la cantidad cero o incluso un número negativo. Misteriosamente, lo consiguió y se durmió.

Esa noche soñó que, desde detrás de la fotografía de su comunión en el salón de casa de sus padres, una voz repetía sin prisa pero sin pausa unas palabras en esperanto: Ŝlosita. Kaptita. Muta. Ŝlosita. Kaptita. Muta.


DOS
A la mañana siguiente se despertó descansada como nunca antes y fue al trabajo mucho más serena de lo habitual.
Yajaila trabajaba en un bar peluquería de Alicante llamado “La mellada”. Era muy impopular y su única clientela eran las mismas 5 personas cada mañana, que pedían la cosa más aburrida que se puede pedir: Un café corto y un paquete de chicles de menta.

Luego, a lo largo del día, igual algún espontáneo asomaba la cabeza para comprar tabaco o merchadaising turístico.

Y por supuesto hacía décadas que no cortaban un solo flequillo. Las tijeras estaban ya todas oxidadas para tirar y los aparatos, como secadores y maquinillas eléctricas, fundidos.

10 años en la mejor escuela de cocina para esto.

TRES
Mi compañera de trabajo, Josefina era una señora de 85 años de mucho mundo y con mucho misterio. Vestía como os voy a describir a continuación, de abajo hacia arriba:
-Unas botas de boxeador de un color verde vivo. Calcetines nunca he sabido si llevaba.
-Un pantalón de cowgirl desgastado.
-Un cinturón de lentejuelas plateadas.
-Una camiseta floreada con las mangas pomposas.
-Un colgante con una caja roja.
-Unos pendientes con dragones.
-Y un turbante que se había hecho ella misma de punto.

Como ya os había dicho… todo un misterio.

Pues estaba yo limpiando la barra y me dio por musitar las palabras de mi sueño: Ŝlosita. Kaptita. Muta.

En ese momento oí el golpe de unos vidrios rompiéndose contra el suelo. Alcé la mirada y vi a Josefina, blanca blanquísima, mirándome, temblorosa.

CUATRO
- ¡Josefina! ¿Está usted bien?
- Me ha dado un sofoco. El verano ya está ahí y a mí estos calores me producen cada vez más asco.
- No me extraña, y más aquí metidas, que no hay ni un mísero ventilador. Que el señor Zeballos ya podría estirarse. Siéntese y ya recojo yo todo esto.
- Mejor me voy a casa.
- Hombre, haz lo que veas, pero…

Pues cuando me quise dar cuenta, ya se había ido.

El resto del día transcurrió sin ningún altercado, como de costumbre. Aburridísimo es decir poco. Y encima sola, sin que Josefina me contase anécdotas de sus viajes alrededor del mundo.

Cerré caja, persiana y a casa a dormir. El truquito de las manos ya no funcionó y mi sueño fue de nuevo un atropello.

Encima, para rematar, me despertó la llamada que cambiaría mi vida, para mal.

CINCO
-¿Sí? ¿Quién es?
-El mismísimo señor Zeballos.
-Ah… ¿y qué quieres?
-Josefina ha fallecido esta misma noche. En el bar te espera tres horas antes una nueva compañera, Joselina, para que le expliques cómo funciona todo.
-¡Esto es demasiado! Tengo unas cuantas dudas.
-Exponlas y decido si resolverlas o dejarte intrigada.
-Duda 1: ¿De qué ha muerto Josefina?
-Pues de vieja, ¿de qué va a morir?
-Ah, no sé. Duda 2: ¿Por qué se llaman tan parecido Josefina y Joselina? Comprenderás que no me puedo aguantar esta pregunta.
-Yo es que trabajo así, cuando te despida buscaré a una con el nombre parecido al tuyo. Son preferencias.
-Mira tú qué bien. Ya me has dado el día.
-Pues no preguntes más, guapa.

Y me colgó.

Qué cosas le pasan a una cuando lleva una vida underground. ¡Tres horas antes! Ni que fuese una cadena de montaje.

Me dio tanta rabia todo que me fui sin duchar ni peinar. Iba haciéndolo todo con prisa y rabia y a la salida de casa tropecé vertiginosamente con algo. Fue espectacular, casi me parto en dos.

Miré al suelo, todavía mareada, y allí estaba, a los pies de mi puerta, la caja roja de Josefina.

SEIS
En el camino en bus al trabajo me dediqué a intentar abrir la caja, pero parecía cerrada con un mecanismo magnético ancestral. En su superficie acharolada se veían algunas muescas, pero ninguna cedía. Desistí porque ya se me estaban poniendo los dedos como porras.
Llegué. Joselina no tenía tanta clase en su vestir como Josefina, pero lo achaqué a la edad. Zeballos debió colocarme a su sobrina, o a una amiga de su sobrina, porque esa muchacha esbelta no tenía más de 15 años.

Con un acento entre italiano y gitano me saludó de forma muy enérgica:
-Hola maja, yo soy Joselina Garretón y creo que vamos a trabajar juntas. ¿Qué te parece?
-¿Y tú que quieres que te conteste yo a eso?
-¡Ay, es un regalo! ¿cómo lo sabías?
Joselina se abalanzó hacia la caja y me la arrancó de las manos. O me la sacó del bolso, ya no me acuerdo.
-¿Cómo sabía qué?
-Soy campeona del mundo de apertura de cajas misteriosas.
-Ese galardón no existe. Bueno, no lo sé, pero ni es un regalo ni quiero que la toques. Espera, ¿has dicho que sabrías abrirla?

Pasé toda la mañana haciendo tareas mientras miraba de reojo a Joselina, que estaba encorvada, sentada en una silla, bajo una lápara intentando abrir la caja. Sus manos se movían a velocidad rayo. Al final iba a tener razón.

-¡Ya está!
-A ver, a ver qué viene dentro. ¡Hala! ¿Todo eso son billetes de 500€?
-Y una nota. Mira, es una poesía. ¡Qué elegante! Leela con voz erótica.

SIETE
Talenta, talenta
Salmona capricha
Matojo berdelis
Cruja una rama, como traca
Mojadete semia, semia
Filo y fila
Longa magnífica
Carno tomqué
Selúla, selúla

-Pues menuda birria, sobre el papel parecía otra cosa.
-Yo de esto sé. Es la receta de un bocadillo. Y claramente dice que demos muestras en la calle, concretamente tú, que tienes cuerpazo.
-¿Y qué harás con el dinero?
-Ummmmm Creo que ya sé…

Hice una llamada:
-Señor Zeballos, me quedo el bar.
-Vale. Sólo espero que no le cambies el nombre.
-Si el nombre es precioso, pero no lo has sabido explotar. Pásate luego, arreglamos los papeles y te doy el dinero en metálico.
Al colgar entré rápidamente en el almacén a buscar los ingredientes. No había que perder ni un segundo. Era sábado y yo quería inaugurar esa misma noche.

-Pero yo no me he traído ropa de fiesta. – Dijo Joselina
-Y yo huelo a rata frita, pero no pasa nada, es una cosa bien moderna. ¿A ti te da pudor desnudarte?
-Para nada.
-Pues tú desnuda.

Concentrada, seguí las instrucciones para crear el misterioso bocadillo y una vez estuvo finalizado, lo corté a modo muestra, lo coloqué en una bandeja y puse a Joselina en la puerta a despacharlo.

Espumillón, música funk y food for free es un anzuelo ideal, así que la primera persona no tardó en llegar. Era un señor de unos 50 años que al probarlo comenzó a convulsionar, como teniendo un orgasmo.

Yo me asusté muchísimo, pero aquellos gemidos hicieron de ritual de llamada y al rato se reunieron frente al bar unas 70 personas, cacareando de la misma manera.

Mi teléfono sonó.
-Estoy muy ocupada pensando en forrarme.
-No deberías haberlo hecho.
-Si te refieres a regar a un gato el otro día desde el balcón, tienes razón. Estaba muy aburrida.
-No te hagas la lista. Me refiero al bocadillo. Esa receta debía haber muerto con Jostal Catrina.
-Yo no conozco.
-Se hacía pasar por una mujer de barrio, de nombre Josefina.
-¿Os la habéis cargado?
-Y ahora vamos a por ti.

OCHO
-¡Yajaila! ¡Ayuda! ¡Que esto se ha terminado y se han puesto muy salvajes!

Sin más miramientos, colgué el teléfono para ayudar a Joselina. Entre las dos cerramos las puertas con mucho esfuerzo y pusimos un cartel de cerrado hasta nuevas existencias.

Mientras preparaba una ingente cantidad de bocadillos, frente al local empezaron a conglomerarse cientos de personas que aullaban como locas.

Aquella noche la Mellada se llenó de travestis de todos los rincones del mundo. Rusos, chinos, islandeses, marroquís.

Llegó a ir una tan extraña que ninguna de las 300 personas que allí había supo descifrar en qué idioma hablaba.

- ¿Te imaginas que es de otro planeta?
-Eso sí sería suerte. Negocio interplanetario.
-Una pregunta. ¿A ti no te iban a matar?
-Deben haberse entretenido.